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Vuelve el latinoamericano
a lo suyo y empieza a entender muchas cosas. Descubre que, si
el Quijote le pertenece de hecho y derecho, a través del
Discurso a los cabreros aprendió palabras, en recuento
de edades, que le vienes de Los trabajos y los días. Abre
la gran crónica de Bernal Díaz del Castillo y se
encuentra con el único libro de caballería real
y fidedigno que se haya escrito —libro de caballeriza donde
los hacedores de maleficios fueron teules visibles y palpables,
auténticos los animales desconocidos, contempladas las
ciudades ignotas, vistos los dragones en sus ríos y las
montañas insólitas en sus nieves y humos. Bernal
Díaz, sin sospecharlo, había superado las hazañas
de Amadís de Gaula, Belianis de Grecia y Florismarte de
Hircania. Había descubierto un mundo de monarcas coronados
de plumas de aves verdes, de vegetaciones que se remontaban a
los orígenes de la tierra, de manjares jamás. probados,
de bebidas sacadas del cacto y de la palma, sin darse cuenta aún
que, en ese mundo, los acontecimientos que ocupan al hombre suelen
cobrar un estilo propio en cuanto á la trayectoria de un
mismo acontecer. Arrastra el latinoamericano una herencia de treinta
siglos, pero, a pesar de una contemplación de hechos absurdos,
a pesar de muchos pecados cometidos, debe reconocerse que su estilo
se va afirmando a través de su historia, aunque a veces
ese estilo puede engendrar verdaderos monstruos. Pero las compensaciones
están presentes: puede un Melgarejo, tirano de Bolivia,
hacer beber cubos de cerveza a su caballo Holofernes; del Mediterráneo
caribe, en la misma época, surge un José Martí
capaz de escribir uno de los mejores ensayos que, acerca de los
pintores impresionistas franceses, hayan aparecido en cualquier
idioma. Una América Central, poblada de analfabetos, produce
un poeta —Rubén Darío— que transforma
toda la poesía de expresión castellana. Hay también
ahí quien, hace un siglo y medio, explicó los postulados
filosóficos de la alienación a esclavos que llevaban
tres semanas de manumisos. Hay ahí (no puede olvidarse
a Simón Rodríguez) quien creó sistemas de
educación inspirados en el Emilio, donde sólo se
esperaba que los alumnos aprendieran a leer para ascender socialmente
por virtud del entendimiento de los libros —que era como
decir: de los códigos. Hay quien quiso desarrollar estrategias
de guerra napoleónica con lanceros montados, sin monturas
ni estribos, en el loma de su jameigos. Hay la prometida soledad
de Bolívar en Santa Marta, las batallas libradas al arma
blanca durante nueve horas en el paisaje lunar de los Andes, las
torre de Tikal, los frescos rescatados a la selva de Bonanpak,
el vigente enigma de Tihuanacu, la majestad del acrópolis
de Monte Albán, la belleza abstracta —absolutamente
abstracta— del Templo de Mitla, con sus variaciones sobre
temas plásticos ajenos a todo empeño figurativo.
La enumeración podría ser inacabable. Por ello diré
que una primera noción de lo real maravilloso me vino a
la mente calando, a fines del año 1943, tuve la suerte
de poder visitar el reino de Henri Christophe —las ruinas
tan poéticas, de Sans-Souci; la mole, imponentemente intacta
a pesar de rayos y terremotos, de la Ciudadela La Ferrière—
y de conocer la todavía normanda Ciudad del Cabo, el Cap
Français de la antigua Colonia, donde una casa de larguísimos
balcones conduce al palacio de cantería habitado antaño
por Paulina Bonaparte. Mi encuentro con Paulina Bonaparte, ahí,
tan lejos de Córcega, fue, para mí, como una revelación.
Vi la posibilidad de establecer ciertos sincronismos posibles,
americanos, recurrentes, por encima del tiempo, relacionando esto
con aquello, el ayer con el presente. Vi la posibilidad de traer
ciertas verdades europeas a las latitudes, que son nuestras actuando
a contrapelo de quienes, viajando contra la trayectoria del sol,
quisieron llevar verdades nuestras a donde, hace todavía
treinta años, no había capacidad de entedimiento
ni de medida para verlas en su justa dimensión. (Paulina
Bonaparte fue, para mí, lazarillo y guía, tiento
primero —a partir de la Venus de Canova— de los ensayos
de indagación de los personajes que, como Bilaud-Varenne,
Collot d’Herbois, Víctor Huges, habrían de
animar mi “Siglo de las Luces”, visto en función
de luces americanas.) Después de sentir el nada mentido
sortilegio[1] de las tierras de Haití, de haber hallado
advertencias mágicas en los caminos rojos de la Meseta
Central, de haber oído los tambores del Petro y del Rada,
me vi llevado a acercar la maravillosa realidad recién
vívida a la agotante pretensión de suscitar lo maravilloso
que caracterizó ciertas literaturas europeas de estos últimos
treinta años. Lo maravilloso, buscado a través de
las viejos clisés de la selva de Brocelianda, de los caballeros
de la mesa redonda, del encantador Merlín y del ciclo de
Arturo. Lo maravilloso, pobremente sugerido por los oficios y
deformidades de los personajes de feria —¿no se cansarán
los jóvenes poetas franceses de los fenómenos y
payasos de la fête foraine, de los que ya Rimbaud se había
despedido en su Alquímia del Verbo? Lo maravilloso, obtenido
con trucos de prestidigitación, reuniéndose objetos
que para nada suelen encontrarse: la vieja y embustera historia
del encuentro fortuito del paraguas y de la máquina de
coser sobre una mesa de disección, generador de las cucharas
de armiño, los caracoles en el taxi pluvioso, la cabeza
de león en la pelvis de una viuda, de las exposiciones
surrealistas. O, todavía, lo maravilloso literario: el
rey de la Julieta de Sade, el supermacho de Jarry, el monje de
Lewis, la utilería escalofriante de la novela negra inglesa:
fantasmas, sacerdotes emparedados, licantropías, manos
clavadas sobre la puerta de un castillo.
Pero, a fuerza de querer suscitar lo maravilloso o todo trance,
los taumaturgos se hacen burócratas. Invocando por medio
de fórmulas consabidas que hacen de ciertas pinturas un
monótono baratillo de relojes amelcochados, de maniquíes
de costurera, de vagos monumentos fálicos, lo maravilloso
se queda en paraguas o langosta o máquina de coser, o lo
que sea, sobre una mesa de disección, en el interior de
un cuarto triste, en un desierto de rocas. Pobreza imaginativa,
decía Unamuno, es aprenderse códigos de memoria.
Y hoy existen códigos de lo fantástico, basados
en el principio del burro devorado por un higo, propuesto por
los Cantos de Maldoror como suprema inversión de la realidad,
a los que debemos muchos “niños amenazados por ruiseñores”,
o los “caballos devorando pájaros” de André
Masson. Pero obsérvese quo cuando André Masson quiso
dibujar la selva de la isla de Martinica, con el increíble
entrelazamiento de sus plantas y la obscena promiscuidad de ciertos
frutos, la maravillosa verdad del asunto devoró al pintor,
dejándolo poco menos que impotente frente al papel en blanco.
Y tuvo que ser un pintor de América, el cubano Wilfredo
Lam, quien nos enseñara la magia de la vegetación
tropical, la desenfrenada creación de formas de nuestra
naturaleza —con todas sus metamorfosis y simbiosis—,
en cuadros monumentales de una expresión única en
la pintura contemporánea. Ante la desconcertante pobreza
imaginativa de un Tanguy, por ejemplo, que desde hace veinticinco
años pinta las mismas larvas pétreas bajo el mismo
cielo gris, me dan ganas de repetir una frase que enorgullecía
a los surrealistas de la primera hornada: Vous qui ne voyez paz
pensez à ceux qui voient. Hay todavía demasiados
“adolescentes que hallan placer en violar los cadáveres
de hermosas mujeres recién muertas” (Lautréamont),
sin advertir que lo maravilloso estaría en violarlas vivas.
Pero es que muchos se olvidan, con disfrazarse de magos a poco
costo, que lo maravilloso comienza a serlo de manera inequívoca
cuando surge de una inesperada alteración de la realidad
(el milagro) de una revelación privilegiada de la realidad,
de una iluminación inhabitual o singularmente favorecedora
de las inadvertidas riquezas de la realidad, de una ampliación
de las escalas y categorías de la realidad, percibidas
con particular intensidad en virtud de una exaltación del
espíritu que lo conduce a un modo de “estado limite”.
Para empezar, la sensación de lo maravilloso presupone
una fe. Los que no creen en santos no pueden curarse con milagros
de santos, ni los que no son Quijotes pueden meterse, en cuerpo,
alma y bienes, en el mundo de Amadís de Gaula o Tirante
el Blanco. Prodigiosamente fidedignas resultan ciertas frases
de Rutilio en Los trabajos de Persiles y Segismunda, acerca de
hombres transformados en lobos, porque en tiempos de Cervantes
se creía en gentes aquejadas de manía lupina. Asimismo
el viaje del personaje, desde Toscana a Noruega, sobre el manto
de una bruja. Marco Polo admitía que ciertas aves volaran
llevando elefantes entre las garras, y Lutero vio de frente al
demonio a cuya cabeza arrojó un tintero. Víctor
Hugo, tan explotado por los tenedores de libros de lo maravilloso,
creía en aparecidos, porque estaba seguro de haber hablado,
en Guernesey, con el fantasma de Leopoldina. A Van Gogh bastaba
con tener fe en el Girasol, para fijar su revelación en
una tela. De ahí que lo maravilloso invocado en el descreimiento
—como lo hicieron los surrealistas durante tantos años—
nunca fue sino una artimaña literaria, tan aburrida, al
prolongarse, como cierta literatura onírica “arreglada”,
ciertos elogios de la locura, de los que estamos muy de vuelta.
No por ello va a darse la razón, desde luego, a determinados
partidarios de un regreso a lo real —término que
cobra, entonces, un significado gregariamente político—,
que no hacen sino sustituir los trucos del prestidigitador por
los lugares comunes del literato “enrolado” o el escatológico
regodeo de ciertos existencialistas. Pero es indudable que hay
escasa defensa para poetas y artistas que loan al sadismo sin
practicarlo, admiran el supermacho por impotencia, invocan espectros
sin creer que respondan a los ensalmos, y fundan sociedades secretas,
sectas literarias, grupos vagamente filosóficos, con santos
y señas y arcanos fines —nunca alcanzados—,
sin ser capaces de concebir una mística válida ni
de abandonar los más mezquinos hábitos para jugarse
el alma sobre la temible carta de una fe..
Esto se me hizo particularmente evidente durante mi permanencia
en Haití, al hallarme en contacto cotidiano con algo que
podríamos llamar lo real maravilloso. Pisaba yo una tierra
donde millares de hombres ansiosos de libertad creyeron en los
poderes licantrópicos de Mackandal, a punto de que esa
fe colectiva produjera un milagro el día de su ejecución.
Conocía ya la historia prodigiosa de Bouckman, el iniciado
jamaiquino. Había estado en la Ciudadela La Ferrière,
obra sin antecedentes arquitectónicos, únicamente
anunciada por las Prisiones imaginarias del Piranesi. Había
respirado la atmósfera creada por Henri Cristophe, monarca
de increíbles empeños, mucho más sorprendente
que todos los reyes crueles inventados por los surrealistas, muy
afectos a tiranías imaginarias, aunque no padecidas. A
cada paso hallaba lo real maravilloso. Pero pensaba, además,
que esa presencia y vigencia de lo real maravilloso no era privilegio
único do Haití, sino patrimonio de la América
entera, donde todavía no se ha terminado de establecer,
por ejemplo, un recuento de cosmogonías. Lo real maravilloso
se encuentra a cada paso en las vidas de hombres que inscribieron
fechas en la historia del continente y dejaron apellidos aún
llevados: desde los buscadores de la fuente de la eterna juventud,
de la áurea ciudad de Manoa, hasta ciertos rebeldes de
la primera hora o ciertos héroes modernos de nuestras guerras
de independencia de tan mitológica traza como la coronel
Juana de Azurduy. Siempre me ha parecido significativo el hecho
de que, en 1780, unos cuerdos españoles, salidos de Angostura,
se lanzaron todavía a la busca de El Dorado, y que en días
de la Revolución Francesa —¡vivan la Razón
y el Ser Supremo!—, el compostelano Francisco Menéndez
anduviera por tierras de Patagonia buscando la ciudad encantada
de los Césares. Enfocando otro aspecto de la cuestión,
veríamos que, así como en Europa occidental el folklore
danzario, por ejemplo, ha perdido todo carácter mágico
o invocatorio, rara es la danza colectiva, en América,
que no encierre un hondo sentido ritual, creándose en torno
a él todo un proceso inicíaco: tal los bailes de
la santería cubana, o la prodigiosa versión negroide
de la fiesta del Corpus, que aún puede verse en el pueblo
de San Francisco de Yare, en Venezuela..
Hay un momento, en el sexto canto del Maldoror, en que el héroe,
perseguido por toda la policía del mundo, escapa a “un
ejército de agentes y espías” adoptando el
aspecto de animales diversos y haciendo uso de su don de transportarse
instantáneamente a Pekín, Madrid o San Petersburgo.
Esto es “literatura maravillosa” en pleno. Pero en
América, donde no se ha escrito nada semejante, existió
un Mackandal dotado de los mismos poderes por la fe de sus contemporáneos,
y que alentó, con esa magia, una de las sublevaciones más
dramáticas y extrañas de la historia. Maldoror —lo
confiesa el mismo Ducasse— no pasaba de ser un “poético
Rocambole”. De él sólo quedó una escuela
literaria de vida efímera. De Mackandal el americano, en
cambio, ha quedado toda una mitología, acompañada
de himnos mágicos, conservados por todo un pueblo, que
aún se cantan en las ceremonias del Voudou.[2] (Hay por
otra parte, una rara casualidad en el hecho de que Isidoro Ducasse,
hombre que tuvo un excepcional instinto de lo fantástico-poético,
hubiera nacido en América y se jactara tan enfáticamente,
al final de uno de sus cantos, de ser Le Montevidéen).
Y es que, por la virginidad del paisaje, por la formación,
por la ontología, por la presencia fáustica del
indio y del negro, por la revelación que constituyó
su reciente descubrimiento, por los fecundos mestizajes que propició,
América está muy lejos de haber agotado su caudal
de mitologías. ¿Pero qué es la historia de
América toda sino una crónica de lo real maravilloso?
Notas
[1] Paso aquí el texto de la la primera edición
de mi novela El reino de este mundo (1949) que no apareció
en algunas ediciones, aunque hoy lo considero, salvo en algunos
detalles, tan vigente como entonces. El surrealismo ha dejado
de constituir, para nosotros, por proceso de imitación
muy activo hace todavía quince años, una presencia
erróneamente manejada. Pero nos queda lo real maravilloso
de índole muy distinta, cada vez más palpable y
discernible, que empieza a proliferar en la novelística
de algunos novelistas jóvenes de nuestro continente.
[2] Véase
Jacques Roumain, Le Sacrifice du Tambour Assoto (r).